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Las palabrotas en niños

Cuando el bebé empieza a hablar, sus primeras palabras nos parecen “música celestial”; pero, de repente el bebé crece y ya es un niño entonces un día escuchamos su “primera palabrota”. Nos preguntamos “dónde” y “a quién” se la habrá oído y sobre todo

qué debemos hacer cuando se la escuchamos”.Cuando el bebé empieza a hablar, sus primeras palabras nos parecen “música celestial”; pero, de repente el bebé crece y ya es un niño entonces un día escuchamos su “primera palabrota”. Nos preguntamos “dónde” y “a quién” se la habrá oído y sobre todo “qué debemos hacer cuando se la escuchamos”. 

Cuando son pequeños, los niños no se imaginan el significado de las palabrotas y expresiones vulgares que pronuncian los demás. Sin embargo comprueban que cuando las dicen…seguro que siempre pasa algo. No siempre pasa lo mismo, pero desde luego ellos se convierten de alguna manera en protagonistas de la situación, saben que algunos mayores se pondrán colorados, que otros se echarán a reír, que otros se enfadarán  mucho, que otros empezarán a tartamudear, que otros… 

Podemos enumerar multitud de motivos, pero destaca el hecho de que de esta manera saben que llaman la atención y que hay una reacción del entorno.  A veces, el niño se divierte al ver cómo su madre se pone colorada cuando habla de esa manera, rozando el límite de lo prohibido en un juego intenso desde un punto de vista emocional. En otras ocasiones, con esas palabras  uno  parece que es más mayor, más interesante. En el fondo del uso de las palabrotas también encontramos una forma de expresar sus emociones, ya que los pequeños todavía carecen de recursos para manifestar, por ejemplo, emociones como la rabia o la frustración. Una palabrota reúne las condiciones necesarias para ser un buen vehículo de todos estos sentimientos negativos que el niño no sabe bien cómo expresar de otra manera. 


El niño aprende a hablar tras observar a los demás y empezar a imitarles. Realmente su lenguaje empieza a desarrollarse desde antes de pronunciar su primera palabra, cuando escucha la forma de entonar, los ritmos y cadencias de aquellos que le rodean. Sus modelos son el referente a imitar, de ahí su enorme importancia, y según va practicando va simultáneamente ampliando su vocabulario, buscando que se le escuche y que sea reforzado aquello que está diciendo. Así,  alrededor de los tres años, puede tener un vocabulario de alrededor de mil palabras y su capacidad de aprender nuevas expresiones es enorme; de hecho,  puede incluso inventarse palabras jugando con las que ya conoce.  En un momento determinado percibe que existen determinadas palabras que se expresan con especial énfasis y provocan reacciones en los oyentes, son “las palabrotas”, y  llaman tanto su  atención que las incorpora con fuerza en su repertorio.

Las palabras malsonantes y “los insultos”  aparecen dentro  del proceso evolutivo del niño, de su forma natural de aprender. No es significativo que las pronuncien en  ciertos momentos aislados, aunque cuando llegan a ser un elemento habitual en su vocabulario estaremos ante un problema al que es conveniente dar una solución adecuada.

Todos hemos visto a algunos niños o incluso podemos recordarnos a nosotros mismos con cuatro o cinco años “partiéndonos de risa” cuando empezábamos a corear vocablos como “pedo”, “caca”, “pis”, “culo” y todas aquellas palabras relacionadas con los excrementos y con los genitales.  Aunque no en todos los casos, estas palabras son el preludio de otras distintas más o menos inofensivas  y también de insultos algo más desagradables que escuchan a compañeros en el colegio, en el parque o en los programas de televisión y que después repiten por imitación. Las palabrotas son  en esencia ofensivas, “hablan de cosas sucias”,  son groseras , quedan en el lado de lo prohibido… y  para los niños son algo divertido que forma parte de su evolución, les atraen porque saben que pronunciándolas serán ellos los protagonistas, pues tienen un poderoso efecto… Poco a poco, cuando comienzan el autocontrol emocional, las pronuncian más bajito y después suelen hacer comentarios del tipo “¡Eso no se dice!, ¿a qué no?”

 

¿Dónde has aprendido “esas palabras”?


Los niños a veces se comportan como una  grabadora que se pone en marcha en el momento más inoportuno y, sobre todo por su propia formación, conviene que el lenguaje que escuchen sea cuidado,  correctamente seleccionado y respetuoso con todo, lejos de expresiones soeces y comportamientos maleducados, tan fácilmente accesibles en nuestros días, por ejemplo,  a través de la televisión. Nuestro vocabulario es muy rico y seguramente no necesitamos decir esas palabras para expresar una intención o sensación que estemos viviendo. Los padres frecuentemente se preguntan: “¿dónde ha aprendido semejantes palabrotas?”; en el fondo, los niños hacen lo que ven, repiten lo que experimentan en su entorno. Se las oyen a sus compañeros de juego, a los adultos, en la tele o en la radio, en Internet, en una revista…En otras ocasiones también los padres suelen preguntarse: “¿por qué dice “esas palabras”?” Puede que el niño las utilice para imitar a los adultos y demostrar que ya es mayor, o que a través de ellas intente saltarse los límites y llamar la atención. Puede usarlas igualmente para manifestar enfado, divertirse o simplemente por curiosidad,  pero en todo caso siempre en aconsejable conocer qué  persigue cuando dice las palabrotas, para poder encontrar la forma más oportuna de llegar a evitarlas.Ante el interrogante “¿cómo reaccionar?”  es interesante observarnos a nosotros mismos. Al escuchar a los niños palabras malsonantes reaccionamos de diferentes formas: riéndonos, regañando con exageración o no dando ninguna importancia al tema. Como pauta aconsejable de actuación, consideraremos esta conducta como cualquier otra, le daremos la importancia “adecuada”, sin exagerar ni dramatizar, reaccionando con serenidad y sin escandalizarnos. Es normal que de vez en cuando se les escape alguna palabra “fea” en momentos de excitación, pero si en su vocabulario aparecen de continuo, será conveniente preguntar en el colegio y en otros ambientes para averiguar  si esto sucede  solamente en casa o también fuera.Aunque algunos mayores digan palabrotas en determinados momentos y situaciones, es importante explicarles que los niños no deben decirlas nunca, no aportan realmente nada bueno.Si son muy reiterativos con algunas palabras, sería interesante pararse y reflexionar con ellos, preguntarles qué es lo que realmente quieren trasmitir  y conseguir saber por qué las dicen, hasta hacerles llegar a la conclusión de que en realidad son tonterías que no tienen sentido.


Mostrarnos “naturales”


En los primeros momentos es eficaz actuar con naturalidad. Si no nos escandalizamos ni nos reímos, seguramente la palabra pasará desapercibida y no se consolidará en el repertorio del niño.  Y como premisa, no olvidemos buscar las posibles causas del comportamiento del niño, de modo que si descubrimos que busca nuestra atención, intentemos compartir nuestro tiempo con él en diversas actividades; si quiere que se le tome en cuenta, tal vez podremos escucharle y valorar más sus opiniones…


Algunas pautas

  • Es muy importante enseñar a nuestros pequeños un lenguaje que sea apropiado para cada momento.
  • Desarrollar un vocabulario amplio, carente de palabras malsonantes le ayudará a expresarse con fluidez, siendo capaz de cambiar la palabrota por otro vocablo sin tener que pararse a pensar más.
  • El cuidado de las formas le ayudará a entender la necesidad del respeto en la relación con los otros.
  • Las palabras malsonantes no deben convertirse en un hábito (primero las dirá porque le hacen gracia, después para manifestar algo que desagrada y por último las pronunciará como rutina).
  • Actuar con naturalidad en las primeras ocasiones. Reírle la gracia o reaccionar con enfado (amenazas, castigos o gritos) fomentará su uso.
  • Utilizar juegos de palabras. Para debilitar la fuerza de las palabrotas es útil ayudarse de palabras  alternativas para expresar lo que siente, preguntarle por el significado real de sus palabras alegando que no entendemos lo que quiere decir, inventar palabras graciosas o rimas deformando la palabrota dicha…
  • Saber por qué dice palabrotas, entender los motivos y anticiparse a los hechos. 
  • No perder los nervios. Si no estamos seguros de reaccionar con calma, hablar del tema después. 
  • Ser firmes en la desaprobación  de palabras malsonantes,   haciéndoles reflexionar sobre las consecuencias de sus actos en los demás, dejando claro cómo queremos que se comporten.
  • Paciencia y perseverancia. Las conductas inapropiadas tardan tiempo en instaurarse, por lo que no desaparecerán de la noche a la mañana.
  • Penalizaciones. Si tras múltiples intentos no se consigue que el niño modere su lenguaje, se hace necesario trazar límites y penalizar su conducta recortando algún privilegio. 
  • Dar ejemplo. Si no queremos que nuestro hijo diga palabrotas, no las diremos nosotros. Si no oye palabras malsonantes, no las dirá.
  • Evitar complicidades ante cualquier palabrota. Por más graciosa que pueda resultar una expresión o alguna palabrota, reírse con ella fomenta su repetición.
  • Explicar claramente que estas palabras ofenden, molestan, que no son respetuosas y también él se sentiría molesto si se las dijeran.
  • Ofrecer lecturas para incrementar el vocabulario del niño y hacerle descubrir nuevas palabras, expresiones, exclamaciones…
  • Acostumbrarle a controlarse, contar hasta 10 cuando le vengan las ganas de decir una palabrota.

Trucos para evitar “las palabrotas”


¿Jugamos a “transformar” las palabrotas? Consiste en transformar sus palabrotas, cada vez que las diga, en todo lo contrario. Por ejemplo, si suelta un «cara culo», podemos responderle rápidamente con un « ¡cara flores!». Añadirle un matiz de humor al asunto ayudará a relajarnos y el niño acabará comprendiendo que no merece la pena hablar mal.

Cambios en las propias expresiones. Cuando el niño emplee una palabrota, en vez de regañarle podemos ofrecerle una palabra alternativa que sí pueda utilizar para expresar su malestar. Por ejemplo: «Lo que querías decir es que esta comida te parece una porquería, ¿no?». 

Premios y Recompensas. Si le cuesta abandonar ese lenguaje, podemos motivarle poniendo una estrella en un corcho o una pizarrita cada día que pase sin decir palabrotas. Cuando haya cinco o seis estrellas (las que hayamos pactado), habrá una recompensa que, por supuesto, le tiene que hacer mucha ilusión. 

Lecturas alternativas. Es un buen momento para ofrecerle libros entretenidos, adecuados a su edad y con chispa (con personajes ingeniosos que utilicen exclamaciones divertidas). De esta forma, el niño ampliará su vocabulario y puede que su atención se desvíe hacia otro tipo de lenguaje. 


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• Las palabrotas en los niños. Eduard Estivil

 

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Etiquetas: Educación, Niños, Maternidad

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Sobre el autor

Ana Roa

Ana Roa

Pedagoga, profesora especialista en Educación Infantil. Terapeuta familiar experta en Análisis Transaccional y Técnico Superior de Geriatría. Postgrado de especialización en TDAH. Máster Europeo en Coaching Educativo. 

Vocal de la Junta Promotora del Colegio Profesional de Pedagogos y Psicopedagogos de Madrid, Colegiada nº 40.223. 

Diseñadora de material didáctico-terapéutico para destacadas editoriales como Oxford University Press y Ediba, en las que ha participado como coordinadora de redacción y asistente a la Dirección. 

Coautora de colecciones de libros educativos relacionados con la lecto-escritura, lógica-matemática e inteligencia emocional (ed.Ediba). 

Colaboradora habitual en publicaciones educativas y psicopedagógicas españolas, europeas y latinoamericanas como Mi Pediatra, Ser Padres, Bayard, Psychologies, ABC Familia y Revista Iberoamericana de Educación (Comité Científico),  redactora del Blog roaeducacion.

Con amplia experiencia específica en formación, Ana Roa imparte talleres y conferencias para docentes y para familias en diversas asociaciones y centros como Dislexia sin Barreras, Atelma, Grupo Laberinto y colegios de la Comunidad de Madrid. 

Autora de los libros ¡Vive la Vida! (junio 2014) y El Yo Infantil y sus Circunstancias (marzo 2015) por la Editorial Pasión por los Libros